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Platica de Padre Jacobi ante de las Misas del 19-20 de Agusto acerca el abuso crisis

Siento pena, una profunda tristeza y enojo por los hechos que se nos revelan esta semana sobre los sacerdotes abusando de menores en la Iglesia. Las constantes y desalentadoras noticias sobre la larga historia de abusos de Pensilvania y sobre un cardenal y obispos de la Iglesia golpea nuestros corazones y nuestras esperanzas.

Como sacerdote de 27 años que se presenta ante ti semana tras semana, quiero que sepas cuánto comparto tu sorpresa y vergüenza. Como iglesia, todos estamos avergonzados y recordamos tan poderosamente en estos días de la naturaleza muy real del pecado. Nunca es el pecado privado. El pecado siempre nos afecta a todos. Te pido hoy que levantes en oración todos aquellos que han sido heridos por sacerdotes o obispos.

Estamos en una crisis, un lugar en el camino donde debemos tomar una decisión para ir de una manera u otra: negamos y vivimos en la oscuridad o estamos a la luz de la verdad.

Confiando en la fuerza y la verdad del Evangelio, cuando el mal y el pecado nos son revelados, se nos brinda una oportunidad para la redención y la curación. Solo podemos ir a la Luz – a Cristo.

Puedo asegurarles que en nuestra Arquidiócesis y en nuestra parroquia se está haciendo todo lo posible para crear un ambiente confiable y transparente donde todos están en seguridad, pueden encontrar apoyo y aliento para llevar una vida sana y santa de servicio y oración.

Para mí y para todos los sacerdotes, obispos y diáconos, este es un momento de arrepentimiento con una firme determinación de renovación. Todos somos pecadores confiando en la gracia de nuestro Salvador. En definitiva, se trata de la verdad, la verdad sobre nosotros mismos y la verdad sobre esta iglesia que amamos. Nosotros comencemos cada Misa con el grito: “Señor ten piedad.”

Cuando Jesús eligió a los Doce para ser sus compañeros, los conoció, y como los Evangelios revelan los Doce tienen sus dudas, ambición, celos, juicio y traición. Sin embargo, le confió la verdad del Evangelio y todavía nos lo hace a todos. “Señor, no soy digno”, decimos una y otra vez, y luego El Señor dice la palabra que sana.

Recemos ahora para que diga la palabra nuevamente y envíe al Espíritu Santo para que purifique, limpie y levante de esta vergüenza y dolor, porque sabemos que somos mejores que esto, sabemos que debemos cuidarnos los unos a los otros amablemente y con amor.